Mi viaje en torno al mundo del café comenzó en 2001 con el disfrute de una taza de café, de su aroma y de esa sensación de confort propia de algunas de las cafeterías de Ciudad de Guatemala y Antigua Guatemala. Las charlas entre amigos, el aroma y el sabor de un buen café, en un entorno como el que se vive en Café Condesa (con su patio colonial, su vegetación y el sonido del agua brotando desde su fuente) pueblan mis recuerdos con solo cerrar los ojos.
Luego un periplo por cafeterías en San Salvador, Managua, León, Granada, Tegucigalpa y San José terminaron de enamorarme del café y de ese entorno tan distinto al que se podía encontrar en Uruguay en la primera década de este siglo.
En 2008 mi derrotero por el mundo, me llevó a descubrir y vivir dos realidades muy distintas.
Por un lado, en Medio Oriente y en especial en Riad y Jedah (Arabia Saudita), en donde el choque cultural me hizo replantear y revalorizar muchas cosas que nada tenían que ver con el café, vinculadas a derechos de la mujer que para mí era incuestionables. Otras que tienen un punto de contacto con el café, como la hospitalidad árabe, la solidaridad para compartir un café, un vaso de agua, etc, cuando las temperaturas podían hacer freír un huevo en el capó de un auto.
Descubrí a partir de los tres años que permanecí allí, que cuando un uruguayo/a cierra los ojos y se imagina “un café” en general evoca una taza con una bebida marrón y caliente, y que esto no es lo que imaginaría un/a saudita si cierra sus ojos e hiciera lo mismo. Aprendí que había muchos ámbitos propicios para tomar café: sobre una alfombra al aire libre, en una carpa árabe, en un hogar y en cafeterías donde solo podían entrar mujeres (lo que me generaba la sensación de protección cuando estaba sola y quería evitar la presencia de la policía religiosa).